Uno de los mejores violinistas del mundo, ignorado en el metro de Washington.

Joshua Bell tocó durante casi una hora ante los viandantes y casi nadie se detuvo.

Un experimento del Washington Post, que llevó a uno de los mejores violinistas del mundo a tocar en el metro, se pregunta si el hombre tiene tiempo para la belleza.

Yo añadiría si la puede ver o apreciar …

Los transeúntes, en hora punta de un viernes, no se percataron de que estaban escuchando Obras maestras de Bach y Schubert, ejecutadas con un instrumento único: un Stradivarius valorado en más de 3 millones de dólares.

Nadie se detuvo. Más de 1000 personas pasaron por delante del famoso intérprete sin ni siquiera torcer la vista y no llegaron a diez los que se detuvieron unos instantes a escuchar y a apoyar al músico con unos dólares. La recaudación: 32 dólares.

Dos días antes, Bell colmó un teatro en Boston con localidades que promediaban los 100 dólares.

Esta investigación social se cuestiona si realmente apreciamos la belleza y el talento, cuando éste no se encuentra en un marco que nos diga que su contenido es una obra de arte. ¿Podríamos valorar a Picasso, si sus obras no estuvieran firmadas o no estuvieran expuestas en grandes museos? ¿En un ambiente banal, en un momento inoportuno, trascendería la belleza y el talento?

Esto abre también otra vía de reflexión, a propósito del estilo de música.

Bell no es el típico intérprete de música clásica. Ha puesto su música a bandas sonoras de películas, una de ellas premiada con el Oscar en el año 2000.

También ha grabado con músicos de la talla de Chick Korea, Sting o Gloria Stefan, trascendiendo del clásico a géneros como el jazz, pop y latino. Géneros que pueden ser bien respetados en algunos países, pero no aquí. Músicas como el jazz o el flamenco a duras penas han salido de pequeños clubes y salas modestas y son recién llegadas a grandes teatros y salas de prestigio desde hace relativamente poco tiempo.

Menos tiempo aún tienen estos géneros en los conservatorios de música, donde poco a poco va ocupando su espacio y trascendiendo su estudio, pero desde donde siempre se las miró con recelo, cuando no desprecio porque se pensaba que no eran músicas que deberían ser interpretadas y estudiadas en centros donde sólo se estudia e interpreta a los grandes maestros de la clásica europea.

Me cuenta un compañero que hace unos años estuvo en Nueva York, que tuvo la suerte de ver tocar al gran guitarrista Mike Stern (al que ya había escuchado varias veces), tocando el mejor concierto de su vida en un pub llamado «Fifty-Five». Dicho club, me comentaban que tenía el techo cayéndose a pedazos y que además, el grandísimo artista se tenía que mover de sitio cada vez que alguien tenía que pasar para ir al urinario. Pero estos músicos no se cuestionan eso, ponen sus talentos y sus emociones al servicio de la Música sin importar si tocan una Bossa Nova o un Blues.

¿Acaso no es el mismo Mike Stern que ha dado recitales por grandes salas en Europa? Ese graduado en la Berklee, que tocó con Miles Davis y tiene 17 discos en solitario, además de dos nominaciones a los Grammy y siendo proclamado «Mejor guitarrista del año» en el 93.

La Música trasciende al lugar y al género. ¿Acaso Michel Camilo, músico de formación clásica y Director de orquesta, no elevó la rumba a lo sublime? Y el mismo Paco de Lucía, ¿no trascendió al mismo Flamenco?

Pues me temo que tocó en muchos garitos y tugurios antes de alcanzar grandes teatros siendo igual de bueno.

Si no tenemos un instante para detenernos a escuchar a los mejores músicos interpretar la mejor música, solo porque no están en el Carnegie Hall o su género no es tan trascendente, cuántas cosas nos estamos perdiendo. Y una vez más, la dignidad de la música nada tiene que ver con el lugar o el estilo que se interprete.

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